miércoles, 25 de junio de 2008

Debes perderlo todo

Alguien ha definido la vida como una larga carrera de obstáculos en la cual ne­ce­sitamos ir soltando lastre poco a poco a fin de poder llegar a la meta tan ligeros de equipaje como podamos. Y de hecho, algo así sucede realmente.
Venimos al mundo con todas las puertas abiertas, con todas las posibilidades teóricas a nuestro favor, pero en el mismo instante del nacimiento empezamos a perder cosas, las opciones se reducen de forma considerable: no es lo mismo, por ejem­plo, nacer hombre que mujer, no es igual aterrizar en el seno de una fami­lia acomodada que en otra con problemas económicos, ni ser el primogénito que el tercero o cuarto de los hermanos, o hacerlo en Bangla Desh o Rhodesia que en Estados Unidos u Holanda, pongamos por caso. Y desde luego no es lo mismo ha­ber nacido en el siglo XX que en la Edad Media, etc.
Es fácil pensar que si nuestro padre pertenece a una estirpe de abogados, o de médicos, o de lo que sea, lo más probable es que continuemos la tradición fa­miliar, o al menos tendremos muchas posibilidades de que así suceda. Y esta cir­cuns­tancia, que puede constituir en principio una ventaja, supone a la vez una pér­dida: la pérdida de todo aquello otro que pudimos haber sido y no seremos, de to­dos los otros caminos que han quedado detrás nuestro simplemente por el he­cho de haber tenido que elegir.
Por otro lado, se suele decir que nos abrimos paso en la vida. Muy al contrario, ello siempre es a expensas de cerrar muchas más puertas de las que podemos abrir. Tal vez pueda una persona llegar a ser un excelente pianista si sus padres sa­ben apreciar a tiempo sus aptitudes para la música y le inician en el estudio del solfeo a una temprana edad, pero obviamente eso implicará que renuncie a ser un físico, un deportista, un peluquero, un conductor de trenes, etc.
Es cierto que mientras tanto vamos mejorando y haciendo crecer nuestro ba­gaje cultural, material y humano (este último merced a la experiencia), pero no lo es menos que las posibilidades de ampliar nuestros horizontes son a la vez más y más limitadas. Nos damos cuenta de que el tiempo es demasiado corto y que no podemos hacer todo lo que nos gustaría, que las actividades prácticas no dejan lugar para las que son simplemente agradables o placenteras, así que suele ser habitual que tengamos que dejar a un lado nuestras aficiones por no ser prove­chosas, y nos falta el coraje suficiente para reconocer que en la vida tan importan­te como ganar dinero o ser una persona de provecho, es disfrutar de las cosas que nos gustan.
Es cierto también que algunos de nosotros nos casamos, creamos una familia, perpetuamos la especie, desde luego que sí, pero a costa de sacrificar la familia en la que crecimos, perdiendo el contacto con los amigos de la juventud y en de­finitiva renunciando a parte de nuestra libertad.
Y mientras tanto seguimos perdiendo el patrimonio que teníamos en el momen­to del nacimiento: la salud disminuye año tras año, los amigos se van a cazar a las grandes praderas, como eufemísticamente decían los indios, los deseos de antaño se marchitan dentro del florero. Y cuando llegamos a la vejez, si es que lle­gamos, nos sentimos solos, sin ayuda, con todo el equipaje desparramado a lo largo de los años, y es en ese momento cuando el ciclo vital se completa y la últi­ma puerta se cierra delante nuestro.


© Juan Ballester

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