Celeste vocación la de la golondrina
que dibuja su vuelo en el atardecer
jugando con la brisa detrás de cada esquina,
subiendo bruscamente para después caer.
Sublime vocación de flecha y de poeta
enhebrando en el aire el hilo de su vuelo,
escribiendo sus versos a ritmo de saeta
y ensayando acrobacias sin descender al suelo.
Sonora vocación de música en su alambre,
como armoniosas notas dentro de un pentagrama,
buscando el alimento con que acallar el hambre
de un polluelo indefenso que sustento reclama.
Hermosa vocación de trino y elegancia,
que decora el crepúsculo al llegar el estío,
incansable viajero que en el cielo, a distancia,
adorna su existencia con gracia y señorío.
© Juan Ballester
viernes, 20 de junio de 2008
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