Un ángel me da el alto
agazapado tras unos matorrales
al salir de la autopista Tus Ojos 327.
Detengo el corazón en un arcén
y desciendo hasta la realidad
marrón y gris plomiza.
Saca su talonario,
apunta en una esquina mis datos personales
y me impone una multa
por exceso de felicidad.
Me mira con dureza mientras prepara
un extraño artilugio
en donde me hace soplar.
Y al ver que el sensor se ha vuelto rojo,
me inmoviliza
hasta que me baje el índice de poesía en la sangre.
© Ballester, 1998
miércoles, 14 de mayo de 2008
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