viernes, 7 de agosto de 2009

El amor sólo dura 2.000 metros

El amor sólo dura 2.000 metros, obra calificada como “comedia de la vida de Hollywood”, en cinco actos, se estrenó en el teatro de la Comedia de Madrid el 22 de enero de 1941.

Es un retrato de la vida que rodea a las estrellas de cine y al ambiente de Hollywood, en el que hay por medio un caso de chantaje que termina trágicamente.


Constituyó el segundo gran fracaso de Jardiel, quizá porque se aleja en cuanto a ambientes y situaciones, de lo que suelen ser sus otras comedias. Pese a todo hay mo­mentos de in­dudable acierto, como la presencia del conde Ludovico, de Tommy, el pintor de carteles, o de Martin, el secretario bajito de Julio Santillana, que aportan excelentes dosis de humor a la co­media. Sin embargo, llama la atención la pésima imagen, tanto personal como profesional, que se ofrece de Greta Garbo, siendo ésta indudablemente una de las mejores y más elegantes ac­tri­ces en la historia del cine. No se entiende tampoco por qué Jardiel intro­duce un personaje del mundo real junto al resto de personajes, que son seres de ficción.
Es una pieza que, por sus características escénicas, permite ser rodada en forma de largo­metraje (aunque curiosamente nunca se ha llevado al cine), y que, a pesar de que retrata una época con­creta -los años treinta- sigue manteniendo su vigencia en cuanto al modo y la filo­sofía de la vida que transmite. Por cierto, que no falta una denuncia hacia aquellos que des­pre­cian o hacen burla de los que padecen alguna tara física: el negro al que todos tratan como un fardo, la chica coja cuyo defecto físico le hace perder todo el atractivo, el hombre bajito al que todos parecen restregarle su escasa estatura; y no desperdicia la ocasión de mos­trarnos las dos caras de la misma moneda: la del lujo y glamour, representado por Patricia, la madre de Annie Barrett, y la de la pobreza, a través de la madre de familia que se ve forzada a mendigar un trabajo como extra para mantener a sus hijos y a su esposo en­fermo. Y cómo no, también se pone de mani­fiesto el ridículo de muchos tópicos relativos a Es­paña y a los españoles. Seguramente el final trágico de la obra, atípico en Jardiel, no gustase en su momento al gran público.
Por cierto, que la cantilena que se trae entre dientes uno de los personajes (Doggy) es un poema de Langston Hugues titulado I, too (Yo, también).

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